El Astronauta que nunca despegó, un relato sin ganas de decirlo.
Desde mi nave los miro, a veces pienso como interactuar con ellos, mi traje de astronauta de piel y huesos se vuelve más pesado cada año. El tiempo se termina, y si bien se que no lo necesito , me sigue dando curiosidad.
Observo a la humanidad desde mi nave con ventanas y chimenea, pero también desde ventanas digitales. Los veo agruparse, gesticular, y sobre todo, los escucho hablar. La vida me ha convencido, con la frialdad de un mármol sepulcral, de que el habla no es más que un invento temporal. Así como el infante es envuelto en pañales para contener su fragilidad inicial, la palabra es el pañal del intelecto: una ayuda rudimentaria para el desarrollo en un lapso de tiempo que el hombre, en su ansiedad, ha decidido perpetuar. ¡Qué sobrevalorada está la palabra! ¡Cuántas sílabas desperdiciadas para nada! Cuantas palabras para comunicar que estamos sumergidos en la automatización misma, ¿o pensas cada palabra que emitís? Si cada vocablo tuviera el costo de un centésimo, la humanidad entera yacería en la más absoluta bancarrota, endeudada por siglos de ruidos innecesarios.
Somos hermanos en la biología y extraños en la voz. Mientras que el cuerpo cumple sus funciones con una armonía global —comer, andar, morir—, el lenguaje surge como una anomalía creada por la mano del hombre. No es una necesidad de la naturaleza, sino una imposición cultural que fragmentó el mundo. La palabra es el único rasgo humano que no heredamos de la vida, sino del miedo a estar solos, y en ese intento, terminamos por dividirnos para siempre.
La Verdad multimedia de la Creación
Dios y la Naturaleza, en su sabiduría creadora, nos lo han entregado todo a la vista. No hace falta el engaño del verbo para discernir la esencia de las cosas. Si un hombre, despojado de toda cultura, se encontrara frente a un manzano y la aridez punzante de un cactus, ¿acaso necesitaría un ascensor para saber cuál comer? Si el oso lanza su gruñido y el perro menea la cola con sumisión, ¿existe duda alguna sobre dónde reside la amenaza?.
Todo está allí, expuesto a los ojos del alma. La naturaleza la puso en bandeja, Sin embargo, el hombre prefiere el camino difícil de la mentira. He llegado a la conclusión de que hablar no es otra cosa que una expresión de la ansiedad y el miedo. El hombre habla porque teme al silencio que lo enfrenta con su propia nada. La mirada, esa ventana directa, le resulta insuficiente porque no puede ocultar la podredumbre. La palabra, en cambio, es el velo perfecto, el instrumento predilecto para el engaño.
La Atrofia del Instinto
«He observado con espanto cómo el hombre ha permitido que la palabra —esa construcción de aire y duda— devore sus propios sentidos. Es una patología de la voluntad: el olfato percibe la fragancia inequívoca del café o el hedor de la podredumbre, y sin embargo, el hombre, ante su propia certeza, mendiga la confirmación de una voz ajena. “¿Hueles eso?”, pregunta, buscando que otro valide lo que su propia biología ya ha sentenciado. Sus ojos ven la tormenta avanzar, pero no cree en el rayo hasta que alguien más le otorga un nombre.
Es así como ese bendito y santo sentido del instinto comienza a atrofiarse, marchitándose como un miembro privado de sangre. El hombre es capaz de engendrar una idea brillante en la soledad de su cráneo, una chispa de auténtica luz; pero basta que una sola persona, que no lo entiende, pronuncie una palabra de desaprobación para que el creador deseche su tesoro. La mente, entonces, se vuelve contra sí misma. Preferimos habitar en la mentira compartida que en la verdad solitaria. El hombre se vuelve incapaz de escuchar su propia comunicación interna. Se ha vuelto un extraño para sí mismo, un mudo que solo sabe escuchar el ruido de otros mudos».
La Disincronía del Exiliado
Por eso me mantengo en mi nave. Porque cuando trato de imitarlos, unirme a ellos, mis cuerdas vocales emiten una vibración anacrónica. Mis vocablos caen al suelo con el peso del plomo, carentes de la ligereza necesaria para flotar en el aire terrestre. Ellos me miran con la perplejidad de quien contempla un sombra que no entienden ni quieren entender. Hablamos lenguajes de dimensiones distintas; mi voz resuena en un espectro que el oído humano ha olvidado o que aún no he podido emitir y a esta altura ya no se si quiero.
He caminado entre ellos, he actuado como ellos, pero mi presencia es una transparencia que la mirada humana esquiva por instinto. Soy el astronauta que nunca despegó, atrapado en la órbita de un mundo que puedo ver, tocar y oler, pero al que no puedo pertenecer.
Aca, en mi traje de piel y huesos, escuchando esa voz interna que los demás pretenden callar con palabras y conversaciones sin comunicación. Mi nave no va a ningún lado y no tiene puerto al cual volver. Solo me queda mirar, en silencio, escuchando ruidos que no dicen absolutamente nada.
”Hablar es el refugio del que no soporta la verdad que le han dicho. Yo prefiero mi exilio silencioso en mi nave, sin ensuciarla con la voz humana.”





